domingo, 21 de febrero de 2010

Leña y brasas

A lo mejor si ardieras debajo de mis mejillas como cuando nos soñamos costaría menos levantarse al amanecer. Quizás si tus manos regaran de murmullos las células de mi piel costaría menos envejecer. Si entre tus uñas por las mañanas encontrases trozos de mi, arrancados del ardor y entre mis sábanas quedasen puñados de ti costaría bastante menos estar de pie. Pero eres un cúmulo, un limbo y un no estar con un no sé.

Si te veo y si te siento y tu no estar está tan claro ¿qué tiene sentido? Si entre mis brazos no hay ni un aliento, ni un suspiro, ni un jadeo ¿qué he sentido?

Me arrancas de entre las vértebras de la nuca a bocados las ideas, y me dejas consumida y ebria. Y tienes el deber y la virtud fantasmal de ese estar con un no estar del viento. Que hueles a mar ya lo recuerdan mis ojos, mi olfato se ha perdido de anhelarte entre las sombras. Si pudiera conjurarte, obligarte a estar, si pudiera atarte, prometerte, matrimoniarte y atraparte… entonces tú no serías tú. Que huyes a tu madriguera oscura de celos cuando asoma la madrugada los dos los sabemos y lo consentimos. Que te deslizas entre crepúsculos a chistar entre mis labios palabras envenenadas cuando cae la tarde lo conocemos y lo admitimos.

Esto es el amor, esta es nuestra versión. Una que no cansa y que no agota, una que no cala ni empapa. Una que transcurre y no hace más. Ni mellas, ni lloras, ni gozas, ni traspasas. Solo hay brasas, que si hubiera fuego, la leña estaría consumida.

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